Escapararte

 Semanario de la UAM

16 de febreo de 2004


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El tambor toma el Zócalo y da rienda suelta a su espiritualidad

 

COMO UNA EXPRESIÓN de la dosis de identidad negra —la llamada tercera raíz— presente en México, la confluencia de tambores, con sus diferentes voces, retumbó en el Zócalo de la Ciudad de México, una de las plazas de mayor extensión del mundo.

Eran las 12:30 horas y una inquieta calma se podía percibir. Tan sólo unos cientos de curiosos y otros no tanto, pues sabían lo que pronto sucedería, iban llegando al estrado para presenciar la prueba de sonido antes del anunciado suceso.

Algunas voces daban instrucciones, se escuchaban esporádicos palmoteos sobre los instrumentos y no faltaban los anuncios de las instituciones participantes, cuando arribó, desde la avenida 20 de noviembre, alrededor de las 12:45 horas, el primero de una serie de desfiles que, provenientes de los cuatro puntos cardinales, confluyeron finalmente en la mega plaza.

Sólo bastó el retumbar de las palmas sobre el cuero para que, tras los primeros sonidos, la ya para entonces multitud, se congregara en torno a los ejecutantes y participara de la algarabía, sumándose a las danzas los caracoles, silbatos y juegos multicolores formados por vestuarios y maquillaje corporal.

Pronto tomó el Zócalo también el desfile-batucada encabezado por saltimbanquis y conformado por dos grupos provenientes de la Academia de San Carlos: uno con sus playeras amarillas y motivos verdes, y otro con playeras blancas que mostraban en colores vivos la leyenda: “batucada”. Fue entonces cuando no hubo duda de la presencia brasileña en la fiesta.


“Esta fiesta es importante porque así resaltamos las raíces africanas que forman parte de nuestra identidad. México es un país culturalmente diverso y esto se nota en la entusiasta participación de la gente. Yo nací hace mil años en Cuba, me crié en Veracruz, pero me considero un jarochilango, expresión jocosa de que somos una mezcla de la raza negra que se dispersó por todo el mundo. Espero que con este festival, todos queden a gusto y quien no nos ve, se pueda interesar para conocer y demandar este tipo de manifestaciones como la música negra”. Johnatan Cano, del grupo Kairaba y con 30 años de tocar en México.

Todos los ritmos

Uno a uno los pequeños círculos se iban apropiando del lugar y la gente comenzaba en diversos puntos de la Plaza de la Constitución la fiesta del tambor. El retumbar se imponía a medida que se sumaban a los grupos algunos de los aficionados que acudieron a la plaza central capitalina provistos de un tambor.

Entre ritmos de batucada, presentaciones de Capoeira, sonidos africanos y otros más cercanos a la América mestiza, los cerca de cinco mil asistentes daban rienda suelta a los movimientos corporales, los aplausos, silbidos y gritos y parecían llenar un Zócalo con capacidad para albergar a cien mil personas.

En voz de la etnóloga colombiana Nhorma Ortíz, una de las fundadoras del proyecto, la fiesta del tambor estuvo dedicada tanto a percusionistas como a aficionados al sonido de estos instrumentos con el fin de recibir el año nuevo como lo hacen los pueblos africanos, dar la bienvenida al nuevo ciclo de vida y recordar así la veta africana que está presente en la cultura de México.

Rito, ofrenda, pertenencia
Esta idea provocó la realización de los desfiles, que permiten la participación de todos los interesados en el toque del tambor y en el acto central de los círculos de tambores, un signo de salutación, rito, ofrenda y pertenencia entre los diversos grupos tribales de esa región del mundo.

“Para mí es bueno participar en este festival porque México es un país que representa una mezcla de razas, lo quiero mucho y es muy motivante mostrar a gente en vivo los tambores que quizá en algún momento escuchó por radio, sobre todo para los niños. Nunca había trabajado en un acto así; ha sido muy gratificante, en especial porque esta es una nación muy rica en cultura musical y esto le permite un mayor desarrollo y fortaleza de su identidad”. Pepe Carioca, grupo Feitico, con 35 años de existencia.

A decir de Luz María Martínez Montiel, fundadora del Programa La tercera raíz, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y otra de las involucradas en la organización, se logró el objetivo principal: “apropiarse de un espacio tumultuoso para dar rienda suelta a la espiritualidad de los tambores y compartir así no sólo un lenguaje sino una visión del mundo”, pues pudo formarse un círculo de tambores donde, al llamado de un maestro, todos los asistentes con su instrumento a la mano pudieron ejecutar patrones rítmicos, fáciles de seguir. Incluso quienes acudieron sin tambor, pero provistos de entusiasmo, pudieron hacer sonar un instrumento prestado por la casa de música Veerkamp. Como sea, los círculos aledaños no cesaron de sonar sus tambores.

Mensaje contra el racismo
“Para mí este acontecimiento envía un mensaje en contra del racismo, porque permite que la gente reflexione en torno a las diferencias, incluyendo las manifestaciones de la cultura negra como parte de nuestra identidad. Y para muestra está la música que tiene como base muchos ritmos africanos”. Ampara Muñoz, egresada de la ESCA Politécnico.

“La fiesta del tambor permite abrir tu mente hacia otras personas y formas de pensar. La presencia de la tercera raíz en México no es tan evidente como en otros países, pero no existe la discriminación. El hecho de que los jóvenes vengan con su tambor a manifestarse es una forma de expresar su alegría y eso me entusiasma”. Fernando Pérez, estudiante de Mercadotecnia de la Universidad Justo Sierra.

No fue sino hasta que concluyó el círculo y los grupos Banderlux de México, Kaïraba de Senegal y Pepe Carioca y su grupo Feitico de Brasil hicieron acto de presencia, cuando la fiesta pasó al escenario y la atención se fijó en los percusionistas y los actores principales: tambores tradicionales de la región occidental de África, de Senegal, Malí, Costa de Marfil, Burkina Faso, Sierra Leona, cuyos cuerpos de madera dura, tratada con grasa de animal para evitar fracturas y ese timbre especial, junto a las pieles de chivo y borrego tensadas al sol, hicieron resonar y recordar que muchos llevan la música por dentro.

“Esta fiesta abre un espacio para la libertad de expresión y nos demuestra que en nuestro país hay diferentes formas de expresarse y de pertenecer a una cultura y un tipo de música. La fiesta del tambor es importante porque da pauta a otras expresiones de diferentes géneros musicales y no sólo aquellos de los típicos grupos de rock; es importante que se haga presente la diversidad. Aquí vino gente de todo tipo: quienes saben tocar o quien lo hace de oído o en forma lírica, quien toca sin tener mucho conocimiento o quien simplemente sigue un ritmo como puede. Yo no pude tocar más porque muchos grupos venían ya armados y pues no fue fácil integrarse. Altea Alizbeth García Miguel, estudiante del Colegio de Bachilleres, aficionada a tocar el tambor.


El festivo suceso formó parte de las actividades de la UAM, en el marco de su trigésimo aniversario, y congregó a instituciones como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes a través de la dirección de Animación Cultural, el Canal 22, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Secretaría de Cultura, la Delegación Cuauhtemoc, la Alianza Francesa de México y Casa Veerkamp. / Alejandra Villagómez Vallejo

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