Escapararte

 Semanario de la UAM

7 de abril de 2003

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La forma del dolor y la muerte

HACIA LA mitad de su ciclo vital (estimado en dos décadas), el maguey tiene la propiedad de servirse de sus propias hojas o pencas muertas —que en su constitución se van anidando en su parte más ligada a la tierra— como abono que le permitirá transitar hasta su fin; es decir, 10 años más tarde.
Esta capacidad para engendrar vida a partir de sus propios vestigios, casi como simulacro de ave Fénix, impresiona al artista plástico José Francisco (Villahermosa, Tabasco, 1940) al punto de convertir al maguey en motivación “profunda” de su obra.
“El maguey vivo”, dice, “tiene una estética ya muy explotada. Muerto, para mí, tiene que ver con sentimientos muy profundos y dolorosos que he logrado concretar en esta exposición”.
Se trata de la muestra Historia de una forma que plásticamente compendia recursos pictóricos y de arte objeto o conceptuales; reminiscencias del arte bizantino y de los códices prehispánicos; del arte popular y de las naturalezas muertas o bodegones.
Integrada por 22 piezas realizadas entre la década de los ochenta y el año 2002, la exposición gravita entre la esplendorosa vitalidad sensual de los objetos y la áspera resequedad de la degradación.
Por un lado, las pencas metamorfoseadas en genitales y, por otro, estas pencas integradas a la iconografía de la crucifixión dentro de retablos en los que se alude a las imágenes del cristianismo primitivo.
José Francisco admite que su obra “no se basa en fórmulas literarias o escritas”; en todo caso, afirma: “Trabajo a través de impresiones visuales”. Y éstas le fueron dadas por su entorno: un pueblo de Cuajimalpa, donde vive y donde los magueyes, en práctica desaparición —“ por lo tanto, también el pul-que”— forman parte de su paisaje cotidiano.
José Francisco nos invita a seguir la gestación o regeneración de una forma a través de una plástica dialéctica entre vida/muerte/vida no exenta del dolor, cualquiera que sea la forma como quiera mirársele. / Estrella Olvera

Homenaje a Octavio Paz

“...voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos...”


ESTE FRAGMENTO ES
parte del poema Piedra de sol, interpretado durante el homenaje que nuestra Universidad rindió al poeta y escritor Octavio Paz para conmemorar el aniversario de su natalicio (31 de marzo de 1914).
Con la dirección de Alexandro César Tamayo, David Rodríguez escenificó uno de los poemas más bellos del autor donde refleja la necesidad de reconocerse en los demás, en la vida y el destino.
En un monólogo que se centró en la palabra, las emociones y el lenguaje del cuerpo, David sumergió al público en el claroscuro de las ideas, los temores, los deseos y la memoria.
Con una iluminación en rojos y música de Mozart, el actor permitió que su cuerpo fuera el cuerpo de cada uno de sus espectadores, que su caos fuera el caos del mundo, y que su voz hablara por cada uno de los que callaban para dejarle dialogar con el subconsciente.
La conciencia del colectivo se reflejó en los fantasmas que atormentaban la mente de un hombre que se miraba en un espejo, donde el reflejo fue la cara de otros, de aquellos en los que se reconoció y en los que nunca quiso verse. El rostro representaba el miedo a la vida y al destino.
Después del caos llegó la calma, en la elocuencia del rostro de David Rodríguez, la soltura de su cuerpo, la renovación de su espíritu, al ser capaz de mirar nuevamente su propia cara. / Alejandra Pérez


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