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Guillermo Landa: poeta mitógrafo
AUTOR CONOCIDO ENTRE universitarios, alejado de
los circuitos comerciales, más que por un prurito personal por las “limitadísmas” ediciones que de
la poesía se realizan en el país, Guillermo Landa Velásquez (Huatusco, Veracruz, 1935) se
autodefine como un poeta mitógrafo.
Descubrir la obra de Guillermo Landa o, mejor, al propio personaje en el que se ha convertido el escritor, transfigurado
en caballero que va en pos de la defensa de la lengua como condición humana, puede remitirnos a la imagen
del sabio profesor humanista del pasado o a la del impugnador solitario de nuestros días.
Escuchemos su voz y la historia de Viar de la venada, en la siguiente entrevista.
— ¿Diría que es un poeta inédito en nuestro país y en lengua castellana?
— Guillermo Landa Velasquez (GLV): Yo no diría que soy un poeta inédito. Tal vez poco o nada difundido.
Varios títulos castellanos aparecen con mi nombre en el Tomo IV H-LL del Diccionario de escritores mexicanos
publicado por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Y algunos de mis opúsculos
cuentan con reseñas en semanarios culturales de México, Nicaragua y Paraguay.
La distribución de mi obra, ediciones limitadísimas
como se acostumbra en poesía, se ha dado entre universitarios y bibliotecas de la SEP. Destino que encarece,
graciosamente, todo oficio de escritor empeñado en mejorar el lenguaje, más que incurrir en los circuitos
comerciales del libro.
— ¿Viar de la venada responde más a un interés conceptual que musical?
— GLV: Yo no me tengo “por un melodis-ta” como decía de sí Mallarmé, quien persiguió
la autonomía del verso limpiándolo, presentándolo neto, musical y necesario; pero, como él,
prefiero el intelecto que me hace, sin proponérmelo, un poeta difícil. Porque, como decía
Antonio Machado: “tampoco hay poesía sin ideas, sin visiones de lo esencial. Pero las ideas del poeta no
son categorías formales, cápsulas lógicas, sino directas intuiciones de ser que le vienen
de su propio existir”. Ya mi lector, apercibido de esta dualidad, encontrará en mí un cantor más
que un filósofo.
— ¿Qué itinerario se trazó para emprender ese viaje que lo mismo va de Berceo al Rem, y de
la Virgen de Guadalupe a Nemrod?
— GLV: Viar de la venada, como toda mi obra precedente, sigue el itinerario de la lengua. Y en todo caso, la condición
lingüística del linaje humano, destrizada por el tumulto de lenguas discordantes, cuando sobrevino
el derrumbe del zigurat de Nemrod, rey de Babel. Pero ya lejos de la versión que da el autor de Génesis
XII, 1-9, mi itinerancia lingüística adquiere su impulso literario con Gonzalo de Berceo, poeta del
siglo XIII, autor de sobrado talento y erudición, cuyas obras componen un cuerpo de literatura de sumo interés
para el estudio de la historia de la poesía castellana y para el conocimiento y desarrollo de nuestra lengua.
Por mi talante poético soy un mitógrafo. Sujeción que me emparenta con la definición
de Jung: “el mito es un arte adherente e inherente a la poesía”. Otra generalización, a la que me
adhiero, es la que Jorge Luis Borges hace al final de Parábola de Cervantes y de Quijote: “Porque en el
principio de la literatura está el mito y asimismo en el fin. Así, con mi Viar… andan San Eustaquio
y San Uberto, de la leyenda Aurea, y nuestros Papaztac, Quetzalcóatl, Ixtpapolotl-Guadalupe y la Dama del
Unicornio.
— ¿El uso de neologismos resulta un atrevimiento de su parte, u obedece a la necesidad de dar vida a una
práctica infrecuente en el medio literario?
— GLV: Creo que no es inusual el empleo de neologismos en literatura. Góngora se dio ese lujo culterano
y modernamente Rubén Darío introduce en sus escritos algunos que aludían a la ciencia, a la
técnica y a la industria en su época, por vía de ejemplo: el Genio de Metapa inventa el verbo
kodakear, referido al manejo de la novedosa “cámara oscura”, armada con cientos de tornillos y resortes
de la marca Kodak, y el adjetivo despectivo rastacuero, aplicado a los pieleros y comerciantes argentinos en cueros
que ostentaban sus fortunas, dilapidándolas en París.
La manipulación de la energía nuclear, tanto en radiaciones y trazadores radioisotópicos con
fines pacíficos y bélicos, impone el uso de términos cuyo significado no guarda muchas veces
relación con la etimología original de la palabra o son expresiones que sólo se encuentran
en glosarios ingleses, franceses o rusos.
Yo uso el acrónimo Rem. Ro-entgen equivalente en hombre (Roentgen equivalent man). Unidad de dosis de radiación
absorbida en material biológico. Me valgo de esa abreviatura para llamar la atención del lector sobre
el uranio empobrecido que tiene contaminadas a poblaciones enteras de Irak, de Kosovo, sobrevivientes de las recientes
guerras en los Balcanes y en el Golfo Pérsico.
Igual sucede con las tecnologías de la información y las comunicaciones, sobre todo el digitalismo
tan al uso, que está cambiando el horizonte sociocultural, incluyendo el lenguaje. Yo aprovecho el glosario
informático para impugnar la deshumanización del cibernantropo. / Estrella Olvera
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