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Número 202
10 de mayo de 2016

ACCIÓN DEL ESTADO Y DE LA SOCIEDAD CERRARÍA BRECHA A LA DESIGUALDAD

*El prolongado proceso de construcción democrática en México no logrado instituciones sólidas y eficaces

 

*Los bloques norte-sur se han desdibujado; algunos países de la periferia capitalista se han convertido en modelos de desarrollo exitosos


 

 

La desigualdad es inherente al sistema capitalista, pero la historia muestra que la acción del Estado y la sociedad puede cerrar la brecha y hacer realidad el Estado de derecho, afirmó la doctora Laura del Alizal Arriaga, investigadora del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

 

Al participar en el Seminario Divisional de Ciencias Sociales y Humanidades. La desigualdad social en México: desafíos y acciones transformadoras, la académica de la Unidad Iztapalapa dijo que la globalización ha tenido efectos devastadores, en particular en sectores de la población en los que el desempleo, entre otros problemas, afectan por igual a países pobres, medianos y ricos.

 

Para responder a retos como éste es necesaria la intervención del Estado, “el único que cuenta con la legitimidad para diseñar e implementar las políticas públicas que se requieren”.

 

Por supuesto, sostuvo la doctora Del Alizal Arriaga, “estoy hablando de un Estado democrático, con instituciones sólidas, capaz de lograr el consenso interno y la eficacia en las negociaciones internacionales”, y no de uno burocrático, autoritario o dictatorial que reprima la iniciativa social y genere corrupción.

 

Al abundar sobre el papel que el poder estatal puede jugar en el aumento o la disminución de la desigualdad, en la Conferencia: ¿Por qué son tan desiguales las relaciones norte-sur?, la también coordinadora de la Maestría y Doctorado en Estudios Sociales explicó que los Estados ejercen autoridad sobre aspectos de interés directo para el funcionamiento de la economía mundial y sus decisiones son cruciales desde el punto de vista de las empresas.

 

Los Estados establecen las reglas del intercambio de bienes, capital y trabajo, y las condiciones en que pueden cruzarse las frontera; crean las leyes concernientes a la propiedad, pieza clave para el funcionamiento del capitalismo, el empleo y los salarios, con lo cual aseguran la oferta de trabajadores para el largo plazo.

 

Además deciden los costos que las compañías deben asumir y regulan los tipos de procesos económicos que deben ser monopolizados; cobran impuestos, que permiten a las empresas obtener beneficios directos en la forma de subsidios e indirectos, por la vía de la estabilidad política y social.

 

Es así que los Estados, por medio de sus decisiones, pueden perpetuar la desigualdad, pero también cerrar la brecha; el problema es que en la “inmensa” mayoría de los países del sur predominan regímenes autoritarios carentes de legitimidad y consenso, o como en el caso de México, que ha atravesado por un prolongado proceso de construcción democrática, pero sin haber logrado edificar instituciones sólidas y eficaces.

 

Como muestra citó una encuesta mundial sobre percepciones del bienestar publicada en el Informe sobre Desarrollo Humano 2015 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), según la cual el índice de satisfacción en México es de 6.7, similar al de Gran Bretaña (6.8), España (6.5), Argentina (6.7) Chile (6.8) y Uruguay (6.6), pero la confianza en el gobierno se ubica en 33 por ciento, frente a 44 por ciento en España y 60 por ciento en Uruguay.

 

“Es difícil pensar que en ese ambiente de desconfianza la democracia mexicana pueda consolidarse”, señaló la investigadora.

 

Una causa del fracaso del diálogo norte-sur fue la heterogeneidad del sur: en ese bloque se encontraban Australia y Nueva Zelanda, “el mosaico multiforme” de América Latina y el Caribe, los países de Medio Oriente exportadores de petróleo que amasaron enormes fortunas por el aumento de los precios del petróleo en la décadas de 1970 y 1980, los superpoblados de Asia y los “paupérrimos” de África que luchaban por encontrar la organización política y económica que les permitiera superar los desafíos de los Estados nuevos.

 

Sin embargo, el norte era también muy diverso económica y culturalmente, y se incluían, por ejemplo, Grecia, España, Portugal y la República de Irlanda que tenían más similitudes con el sur que con los países de la entonces Comunidad Económica Europea, a la que ingresaron en los años 80 del siglo pasado. Sin embargo, las naciones del norte tenían como rasgo común regímenes democráticos de gobierno.

 

Los dos bloques se han desdibujado y las transformaciones económicas condujeron a países que en algún momento se encontraban en la periferia capitalista –algunos del Norte de Europa, por ejemplo– a convertirse en protagonistas de modelos de desarrollo exitosos que los han colocado a la cabeza en las listas de indicadores del desarrollo y ahora se miden en formas innovadoras al atender los avances económicos en términos del bienestar de la gente.

 

De lo anterior hablan los indicadores económicos ofrecidos por el Banco Mundial y el índice de desarrollo humano dado por el PNUD.