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Número 193
20 de marzo de 2018

MARCOS KURTYCZ, UNO DE LOS MÁXIMOS EXPONENTES DEL ARTE PERFORMÁTICO

*A 22 años de su muerte, la Galería Metropolitana de la UAM presentó un libro sobre la obra del artista polaco

 

El hombre de los rostros, el dueño del artefacto, impresor del Comal Print y pionero del arte acción, Marcos Kurtycz fue uno de los máximos exponentes del performance que desafió durante toda su carrera el establishment artístico esparciendo sus ideas plasmadas en pegatinas, arte objeto, grabado y diseño por las calles de la gran ciudad.
 
El libro Marcos Kurtycz. Vida y muerte de un impresor recopila testimonios, reflexiones e imágenes para valorar la dimensión gráfica de su obra y fue editado por su hija Anna Rosa Kurtycz Escamilla para continuar con su legado y darle memoria a la generosidad del artista, quien permitió la dispersión de su trabajo por el mundo entero.
 
A 22 años de la muerte del reconocido artista, la Galería Metropolitana de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) presentó la obra ante varios miembros de la generación de creadores que dio a luz a los grupos Suma, Proceso Pentágono y No grupo, entre otros, quienes se reunieron para recordar el excepcional legado del escultor polaco.
 
Un año de enorme agitación mundial fue 1968 que exigía la participación de las mentes más capaces y Mercedes Escamilla logró convencer a Kurtycz de dejar Cuba y su carrera como ingeniero para sumergirse en las imprentas, el grabado y el diseño, y hacer del arte su modo de vida a partir de ese momento, cuenta José Manuel Springer, maestro de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda.
 
Su trabajo como diseñador en el Fondo de Cultura Económica le valió sus primeras incursiones en la impresión. Su hija dedicó el texto a esa parte de su carrera en la que se conjugan los avances del cartel y acciones de producción y reproducción propias del grabado nacional en las calles de esta urbe.
 
Siempre fiel a la creatividad, Kurtycz no se dejó seducir por el dinero, el poder y el renombre, fue siempre un autor preocupado por su propia elaboración y nada más, además reivindicó la condición efímera de sus acciones y tenía una gran necesidad por documentarlas para guardar su memoria.
 
El artista buscó detonar la tradición plástica nacional y arrebatarle esta actividad al Estado, y cargando un misil doméstico desde la Suprema Corte de Justicia hasta las puertas del Museo de Arte Moderno realizó conceptual y creativamente esa detonación incendiaria que él tanto prometía.

 

Rostros de todas formas y tamaños formaron parte de su trabajo como impresor y artífice de acción, su obsesión por las caras le hizo plasmarlas en la gráfica y en el performance, haciendo que su masiva reproducción lo salvara del olvido para vivir disperso por el mundo. 
 
Tomaba los espacios por derecho propio, estando en las estaciones del Metro, museos u oficinas federales, Kurtycz aparecía con su voz penetrante y su presencia torbellinesca, con un costal al hombro cargando gas, electricidad, ceras, maderas, metales e incluso hachas y explosivos para detonar artefactos y mentes cuadradas.
 
“Siempre fue un guerrero de la libertad, cambió de cara y piel constantemente, fue culebra que unió la obsesión por el rostro humano y el monstruo de la tierra para abrir los campos infinitos de su accionar”, dijo Elizabeth Ross, una de las grandes amigas del artista.
 
Serge Pey escribe en el libro: “Marcos debía viajar de Toulouse a Varsovia pasando por Berlín, su performance consistía en pasar todas las fronteras con dos maletas llenas de polvo explosivo y repetir en la aduana la misma frase: atención, en cada maleta hay una bolsa con polvo, si mezclamos las dos todo explotará y cada vez frente a la cara inamovible de Marcos el oficial decía pase usted buen viaje, todo era real, todo era en plena guerra fría”.