Encabezado
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Número 098

28 de febrero de 2022

EGRESADA DE LA UAM ESTUDIA LA BELLEZA DISCURSIVA,

CORPORAL Y EXPERIENCIAL

*Andrea Gómez obtuvo el Premio Fray Bernardino de Sahagún del INAH, en su edición 2021
 
*Por su tesis sobre modelos y prácticas entre trabajadores en venta y aplicación de maquillaje

La doctora Andrea Gómez, egresada del Doctorado en Ciencias Antropológicas de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), obtuvo el Premio Fray Bernardino de Sahagún del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en su edición 2021, por su proyecto Modelos y prácticas de belleza entre los trabajadores formales en venta y aplicación de maquillaje en la Ciudad de México.
 
La tesis doctoral indaga cómo los empleados de ese sector, no sólo colocan cremas y labiales, o delinean ojos, “sino que hacen más cosas sobre otros cuerpos y lo que nos dice esto acerca de la belleza, y cómo se entiende discursiva, corporal y experiencialmente”, explicó la investigadora nacida en Perú quien se ha especializado y documentado en el tema desde hace 13 años, cuando empezó sus estudios en antropología en su país natal.
 
“Mis tesis de licenciatura y maestría han sido sobre este asunto, desde la perspectiva de las personas que lo usan en Lima, Perú, y ahora me centré en quienes efectúan la venta formal de maquillaje en la Ciudad de México”.
 
El año anterior al que se postuló para ingresar al Doctorado había asistido a un congreso de antropología en la capital mexicana, donde pudo percatarse de que en la citada sede de la UAM había profesores con experiencia para asesorar indagaciones sobre cuerpo y género, además de que en este programa de posgrado –a diferencia de otros que existen a nivel nacional– se puede avanzar desde el inicio con la orientación de un académico para identificar los aspectos más convenientes a seguir.
 
Al no conocer la Ciudad de México, la ex alumna de la Casa abierta al tiempo siguió la recomendación de su asesora, la doctora María Eugenia Olavarría Patiño –académica del Departamento de Antropología de dicha unidad universitaria– de hacer una primera exploración –que duró los primeros dos trimestres del Doctorado– para delimitar el campo laboral, que quedó circunscrito a compañías que autoidentifican a su público meta en un estatus medio-alto y, en especial, alto.
 
“Hubo muchas cosas con las que no estaba familiarizada: desde el vocabulario que usaban hasta ciertas costumbres que están vinculadas con el cuerpo y que quedaron registradas como algo que fue nuevo para mí; por otro lado, también me trataban distinto, no sólo por tener otra nacionalidad sino por mi propio cuerpo, aspecto y los juicios de valor de corporalidades” que hay.
 
La doctora en ciencias antropológicas por la UAM expuso que la investigación de campo se desarrolló en puntos comerciales de empresas del rubro del cosmético, incluida la prueba de productos, mediante el esquema de venta directa. Para ello realizó siete entrevistas semiabiertas y nueve observaciones participantes, entre julio de 2017 y el mismo mes de 2018.
 
A lo largo del proyecto, se detectó que las intervenciones en el cuerpo por medio del maquillaje reflejan una conceptualización de la belleza y que no existe una versión única del sector del cosmético, debido a que cada actor interviene en su (re)definición.
 
De igual modo “hay valores que se imponen por el trasfondo histórico, político y racial de dicha industria, en especial la salud y la juventud, lo que se traduce en corporalidades deseadas con rasgos idealizados y naturalizados. Las interpretaciones de ambos conceptos son particulares e interactúan con la demanda local por rostros que evidencien el empleo de maquillaje”, agregó.
 
“Noté que había más vendedoras mujeres y más maquilladores hombres, es decir, los que hacen el servicio de aplicación de los productos y que son remunerados por ello eran varones, en mayor cantidad; eso es algo que encontré aquí en México y que no necesariamente había visto en Perú”.
 
Otro hallazgo del estudio es que los empleados han heredado ideas valorizadas a través de su participación en el mercado y sirven como actores simbólicos y económicos que las difunden, ya que la demanda de bienes y servicios que el ramo involucra exige actuaciones laborales que inciten a la compra.
 
Los trabajadores procuran construir autoridad frente a la clientela mediante un quehacer corporal, emocional y estético, “sabiendo que puede ser cuestionada, por lo que deben estar siempre vigilantes de actualizar su repertorio de saberes y practicar su destreza en la aplicación e incluso enalteciendo su actividad como un arte”.
 
Al mismo tiempo, no obstante, los usuarios evalúan la pertinencia de los conocimientos ofrecidos, lo que da pie a una retroalimentación desigual, con tal de lograr un resultado negociado.
 
Aun cuando la variedad de encarnaciones estéticamente reguladas es muy amplia, el arquetipo de belleza difundido presenta todavía más coincidencias que retos a corporeidades heteronormadas, en las que la categoría de mujer está naturalizada como cisgénero.
 
“Lo distinto aparece en quienes personifican la demanda y la oferta feminizada del sector, colocados en dicho polo por identidad de género y orientación sexual, respectivamente; evocan, no siempre de modo intencional, la homosexualidad como próxima a la feminidad y como fuga de masculinidades hegemónicas; todo esto demuestra sesgos referentes al género y la sexualidad, que siguen cayendo en binarismos sin duda dañinos”.
 
La también egresada de la Pontificia Universidad Católica del Perú reconoció que estudiar la belleza ha sido desvalorizado en las ciencias sociales, al ser entendida como algo superfluo, sin embargo, en los últimos años ha habido un empuje hacia tópicos como éste, que no tenían tanto apoyo a nivel institucional, por lo que se tendría que revisar al interior de las academias por qué han sido desestimados.
 
“Por desgracia, ciertos campos son defendidos aún como si fueran bastiones representativos de la antropología, a la que me aproximo como una ciencia para comprender quiénes somos, pero que no se restringe a algo individual o colectivo, sino que ve la complejidad en las interacciones y cómo todo eso influye en esta disciplina social que es multidimensional”.
 
La antropología no sólo se tiene que ejercer, sino revisar de manera constante en qué consiste y cómo se está aplicando, lo cual es un deber como científicas y científicos sociales, explicó la doctora Gómez.
 
Recibir el Premio Fray Bernardino de Sahagún que el INAH confiere es una prueba de que trabajos como el suyo, que vienen desde el cuerpo y con metodologías que apuestan por él, están siendo abrazados, así que “me gusta y quiero pensar que, en los siguientes años, ese Instituto va a seguir reconociendo proyectos que quizá no usan métodos tan tradicionales en su desarrollo”.
 
El galardón es también una evidencia de su afiliación a la academia de un país que la ha recibido por cinco años y medio, y donde ha generado vínculos y aportes desde la investigación.
 
Gómez cataloga el Doctorado en Ciencias Antropológicas de la Unidad Iztapalapa de la Casa abierta al tiempo como el lugar idóneo para realizar su labor, ya que ha apostado de manera comprometida a los estudios sobre belleza y género, en los que se ha enfocado.