|


| El Mediterráneo ha sido identificado por la Organización Internacional para las Migraciones como la región fronteriza más peligrosa del mundo, por haber sido escenario de más de 4,500 muertes de migrantes en los años recientes, afirmó la doctora Liliana Suárez Navas, investigadora de la Universidad Autónoma de Madrid.
La especialista española impartió la Conferencia: El Mediterráneo. Crisis humanitaria y régimen fronterizo de la Unión Europea, en la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
La doctora en Antropología por la Universidad de Stanford dijo que desde hace muchos años los migrantes han cruzado desde el norte de África a Europa, incluso antes de que la Unión Europea se formara.
Los flujos de personas respondían según lo precisara el mercado laboral estacional, sin embargo, desde la implantación de las políticas de Frontex–Agencia Europea para la gestión de la cooperación operativa en las fronteras exteriores de los Estados miembros de la Unión Europea– y lamilitarización de áreas limítrofes “todo se convirtió en una actividad mucho más peligrosa”.
Cientos de miles de personas sin cobertura legal alguna –en ocasiones rechazados por sus propios países y a veces en condición de apátridas–huyen del hambre, el conflicto y la guerra que transitan esos “territorios minados o vallados”.
Esa situación permite hablar de la construcción y la cristalización de fortalezas asediadas, por las que transitan también miles de niños solos.
Las fronteras en el Mediterráneo se han convertido en complejos aparatos de represión hipertecnologizados y a menudo militarizados, no sólo en la línea propiamente, sino al interior de los países de tránsito mediante redadas, detenciones y apresamientos en los centros de internamiento de extranjeros.
Tales circunstancias no pueden calificarse de crisis, porque configuran una condición crónica y estructural.
La investigadora criticó el discurso humanitarista que priva en cuanto la gestión del fenómeno migratorio en la región y consideró que el debate antropológico “nos previene de las retóricas humanitarias y emergentes.
“Estas denominadas crisis humanitarias que han tenido su punto álgido en los naufragios y ahogamientos de migrantes frente a la isla Lampedusa, por ejemplo, u oleadas de migrantes en el este del Mediterráneo generan un discurso político que apela a la inocencia de las víctimas e insta a la compasión”.
En la gestión de esas crisis humanitarias “encontramos una apelación a los sentimientos de compasión y solidaridad”, pero con ello se desplaza el asunto fundamental de la obligatoriedad jurídica de atender y garantizar la vida” que además complementa la acción policial para gobernar la movilidad a través de las fronteras y “recibir una imagen complaciente de nosotros mismos.
“Las excepciones humanitarias se construyen, por el contrario, como excepciones a las leyes, es decir, se ha ido construyendo una idea de que no hay obligación legal del rescate, la ayuda y el cuidado de los migrantes y que esto es más bien fruto de la solidaridad”, argumentó Suárez Navas.
En su versión actual y forma institucional, el humanitarismo de hecho mantiene la desigualdad, dado que se distingue entre dos poblaciones: los que pueden sentir y actuar por su compasión y aquellos que serán sujetos y objetos de esa compasión; los que tienen el poder de proteger y los que necesitan protección.
Estos fenómenos se han gestionado a través de discursos de anomalías y emergencias que requieren una acción inmediata, pero desde esa perspectiva “no hay forma de entenderlos en su contexto histórico más amplio”, pues si “no hay tiempo para pensar en el pasado, no lo habrá para planificar el futuro”, advirtió.
El humanitarismo crea fenómenos aparentemente repentinos e irrepetibles, pero para actuar sobre la cuestión migratoria es necesario ir más allá del alcance de la emergencia y mirar el pasado, la historia y las causas, pensando cómo forjar un futuro diferente y en ello se debe contar con la aportación del pensamiento antropológico. |