Uno de los grandes retos de la antropología teórica consiste en articular las dimensiones política y simbólica de la vida social y el escocés Victor W. Turner fue quien con mayor sistematicidad, creatividad e imaginación pensó los vínculos entre poder y simbolismo, señaló el doctor Rodrigo Díaz Cruz.
El investigador del Departamento de Antropología de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) obtuvo el Premio a la Investigación 2015 en el área de Ciencias Sociales y Humanidades, máxima distinción que confiere esta casa de estudios a sus científicos.
En su libro Los lugares de lo político, los desplazamientos del símbolo. Poder y simbolismo en la obra de Victor W. Turner, el doctor Díaz Cruz plantea que la obra y trayectoria del antropólogo nacido en Glasgow en 1920 y fallecido a los 63 años –así como la corriente procesualista de la disciplina que defendió y contribuyó a erigir– “merecen una relectura desde nuestra circunstancia y para nuestro tiempo”.
El doctor Díaz Cruz expresó en entrevista que se trata de un estudio que proyecta que desde sus inicios, en el siglo XIX, la antropología ha desarrollado diversos horizontes teóricos sobre el análisis de los procesos políticos y las estructuras de poder, por un lado, y de los rituales, los símbolos que impregnan la vida cotidiana, la de los pueblos, la del otro y la propia, por otro lado.
La antropología en sus esferas política y simbólica permanecieron durante muchos años no distantes, pero sí insuficientemente articuladas y “mi posición es que no podemos analizar las relaciones de poder si desconsideramos el análisis simbólico y que lo inverso también es cierto: el análisis de lo simbólico debe estar vinculado al análisis del poder”.
Cualquier hegemonía o ejercicio de dominación está impregnada de una dimensión simbólica de significados que orientan y dan sentido a la vida de las personas, afirmó el investigador.
Turner fue quien con mayor sistematicidad, creatividad e imaginación comenzó a pensar en estos vínculos, por lo que la obra reconstruye el propósito de articular más estrechamente estos conceptos. “El libro parte de Turner, sigue los pasos que
él comenzó y las rutas de investigación que fue sugiriendo y yo voy desarrollando esos temas”.
Turner propone lo que se conoce en antropología como una teoría procesualista. Más que ahondar en las estructuras de poder, el antropólogo escocés estudió los procesos políticos y simbólicos, es decir, cómo operan en la vida cotidiana.
“Sabemos que vivimos un dominio terrible, terrorífico e injusto del capitalismo salvaje, que exfolia y extrae recursos naturales de un modo brutal, pero este capitalismo, si bien constituye una estructura de poder global, actúa en la vida cotidiana y en espacios y tiempos distintos, de modos diferentes”.
Por ejemplo, no opera de la misma forma en Estados Unidos, México, China o India, pero además en el país tampoco es lo mismo cómo se manifiesta en zonas industrializadas como Monterrey o donde hay poca industria, como Oaxaca o Mérida.
Entonces, si bien no renuncia al análisis de las estructuras de poder, Turner se interesó en cómo opera en situaciones concretas o en espacios definidos; por eso estudió los procesos, reconociendo que hay una lógica global, pero que funciona de modos distintos debido a lo cual analizó esos procesos políticos y simbólicos en su operación cotidiana en circunstancias particulares.
El modelo de Turner por lo tanto es útil para revisar casos como el de los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa que además está cargado de mucha vida ritual: el duelo, expresándose en la arena política –Turner propone la arena como el lugar del encuentro del conflicto abierto– donde no sólo está el conflicto entre grupos, sino mediado por símbolos, rituales y significados que están ahí en contienda.
“Por eso pienso que el procesualismo turneriano nos ayuda a comprender los conflictos de nuestra vida cotidiana”, dijo el doctor Rodrigo Díaz.
La teoría de Turner parte de un supuesto fundamental: la vida social es una vida en conflicto, es agonística, “es decir, donde hay competencia, y la vida social es competencia, conflicto permanente entre grupos, personas, naciones. Para estudiar las situaciones en conflicto propone el concepto de drama social, útil para pensar los conceptos sociales”.
Un conflicto se expresa de manera diversa, “desde el que podría tenerse en la familia, que se encuentra latente y de pronto por alguna razón estalla, o entre países, que se expresa por alguna razón y lleva a tener situaciones de guerra”.
El procesualismo es una propuesta fecunda en la medida que la violencia no es sólo aquella en la que se usa la fuerza física. La que se ejerce contra las mujeres, por ejemplo, cuando se le paga menos por ser mujer, es una violencia simbólica, porque se considera que su trabajo es menos eficiente o que ese sector de la sociedad no está suficientemente preparado.
Ahí entra el mundo de los significados, con el que se da orden al mundo y se llevan a cabo las reglas clasificatorias en las que se ubica a las mujeres en una posición subordinada. Hay por tanto un ejercicio de la violencia, del poder simbólicamente mediado; de ahí el interés de vincular poder con símbolos.
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