Encabezado
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Número 607

25 de noviembre de 2020

LA DISCAPACIDAD DEBE TRABAJARSE DESDE LA EPISTEMOLOGÍA

*Investigadoras de la UAM participaron en el Diplomado Accesibilidad universitaria para personas

con diversidad funcional

El uso de términos distintos para designar la discapacidad de personas –desde los derechos humanos, la autoridad y el imaginario– “es un ejemplo y un aviso de la necesidad de trabajar en el tema desde el punto de vista epistemológico,” sostuvo la doctora María del Consuelo Chapela Mendoza, investigadora de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). 

 

Los hombres y mujeres con alguna afección auditiva, visual o funcional no requieren definir el concepto, porque saben lo que es su condición, apuntó al participar en el Diplomado Accesibilidad universitaria para personas con diversidad funcional, convocado por el Departamento de Educación y Comunicación de esta casa de estudios. 

 

La palabra capacidad viene del latín capere, que significa agarrar, tomar o contener, y habla de la posibilidad de “hacerse de algo” que está en la poesía, el diseño, el derecho, la medicina, las posesiones materiales, la comunicación, el conocimiento y las religiones, es decir, en la riqueza humana, “a la que todos somos capaces de llegar”.

 

Desde las ideas de promoción de la salud emancipadora, se trata de la “facultad individual y colectiva de proyectar futuros viables, avanzar hacia ellos y, por tanto, participar de los bienes de la fortuna acumulada a lo largo de la historia humana”. 

 

En un Estado de derecho capere implica la viabilidad de acceder a la construcción y el disfrute de la riqueza humana y planetaria, responsabilizándose de ella para el cuidado de sí y del otro, logrando “la ciudad humana, bella, justa, digna, sabia y buena”, es decir, la capacidad de ciudadanía y de comunidad. 

 

En ese contexto, la discapacidad ocurre cuando hay “una separación de la probabilidad de capturar y hacerme de algo”, por lo que las limitaciones físicas, funcionales, afectivas, económicas, políticas, sociales, de derecho de comunicación y de conocimiento, incluidas las restricciones de raza, etnia, clase, aspecto y género, entre otras, “separan a los conjuntos sociales de la perspectiva de alcanzar la riqueza humana”.

 

La doctora Chapela Mendoza propuso que un pensamiento de este tipo “nos llevaría a explorar las preguntas: ¿de qué manera se conforman estos grupos sociales, ¿cómo existir se convierte en problema?, ¿habrá diferencia entre una persona con afectación motora que cuente con una familia numerosa desde el inicio de la vida y otra que se haya criado en una guardería?, ¿cómo ser pobre y discapacitado visual provoca un alejamiento mucho más grande respecto de la riqueza humana?

 

En la primera sesión del Diplomado, la doctora Adriana Maricela Soto Martínez refirió que la Institución está sometida a la doble tensión de mantenerse como un proyecto colectivo de profesores y estudiantes que reclaman la libertad de pensamiento y la puesta en práctica de un juicio crítico, por un lado, y –como desde hace tres décadas– proseguir como un espacio que no sólo apela a la razón, sino que a partir de los poderes internos o externos a que esté expuesta, se vuelve hacia la racionalización, una “práctica que pretende encerrar la realidad en un todo coherente”, por otro. 

 

La investigadora del Departamento de Educación y Comunicación de la Unidad Xochimilco advirtió que los procesos de inclusión difícilmente se van a concretar si se atienden sólo las prescripciones o las reglamentaciones, porque de lo que se trata es de “desmontar las significaciones imaginarias sociales que mantienen la dicotomía entre los normales, los capaces y quienes no lo son”. 

 

Cuando surge una iniciativa, “no estamos haciendo un favor a quienes han sido excluidos, sino reconociendo que somos seres interdependientes y que no hay vidas que tengan mayor derecho de ser vividas que las de otros”. 

 

Soto Martínez sugirió apostar a la alteridad, no sólo como aquello que se refiere al otro, sino como eso “que nos orienta hacia la modificación”. Al dejarse interpelar, la Universidad está en condiciones de resistir al adoctrinamiento y, por ende, “la discapacidad y la diversidad están en toda la posibilidad de cambiar las significaciones que nos constituyen como sujetos de la normalidad y del deber ser de la capacidad, así como el campo de los sentidos se nos ofrece como una tarea urgente en relación con esta condición, el talento, el mérito y el éxito”.