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Número 140
22 de marzo de 2017

MASCARADA, OBRA PARA FRAGMENTOS DEL CUERPO Y ROSTRO SILENTE

*Rosario Armenta centra este proyecto en el otoño, el tiempo y la experiencia

 

*Tres conceptos intervienen en su trabajo: la danza personal, la coreografía vivencial y el intérprete integral

 

La exploración del movimiento en silencio, la tensión y el impulso de un cuerpo que se detiene, observa y respira es la esencia de poderosos personajes femeninos que conforman el más reciente trabajo de danza de Rosario Armenta: Mascarada, cuya esencia recuerda que la vida es única, bella… y pasajera.

 

La autora afirmó que este proyecto –que presentó el pasado 15 de marzo en el Foro Casa de la Paz de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)– se centra en el otoño, el tiempo y la experiencia, como resultado de un proceso creativo iniciado en 2014, en plena celebración de sus 50 años, cuando decidió reformular su vida personal y profesional luego de haber trabajado como solista durante décadas.

 

En ese contexto de separación y aislamiento surgió Mascarada, nuestra señora de las piedras, como símbolo de las huellas del tiempo que pesan como rocas, mientras recuerdan marcas y cicatrices de la historia y los cimientos de cada persona.

 

La temática y el objeto son sencillos: una parte comprende fragmentos del cuerpo –manos y pies desprendidos– para abrir paso al verdadero impulso, en el que la interpretación de cada espectador será correcta, de modo que cada quien conecte con aquello que pueda y necesite para sí mismo, dando de manera individual e independiente un discurso e interpretación a lo que Armenta llama un trabajo de apertura.

 

Otro elemento importante de la pieza son las flores, usadas como representación a la “impermanencia” y belleza de breve duración, “recordándonos que en esta vida estamos de paso y de cara a la muerte”.

 

En este trabajo participa Graciela Cervantes, bailarina, pintora y cantautora, quien en la década de 1980 dirigió la compañía A la Vuelta. En esta ocasión su colaboración se distingue por las transiciones y desplazamientos en el escenario, por dibujar durante la obra y cerrar con un bello canto oriental.

 

La directora se refirió a los tres conceptos que intervienen en su obra: la danza personal, la coreografía vivencial y el intérprete integral, el primero contiene un mensaje único, pues cada cuerpo –aun con las mismas funciones que cualquier otro humano– carga una historia propia; el segundo es la experiencia única que cada quien tiene con el movimiento que transmite emociones dramatúrgicas, mientras que el último es una expresión en el tiempo que no tiene que ver con la suma de experiencias profesionales.

 

Bailarina, coreógrafa y directora, Rosario Armenta cuenta con más de cuatro décadas de experiencia sobre los escenarios. A sus 53 años hizo una pausa para rememorar el camino por el que la ha llevado este oficio como mujer, ya que “me gusta retratar el cuerpo y la vida real con todo y sus danzas cotidianas que se aterrizan en arquetipos”.

 

Recordando a El Principito afirmó: “lo importante es invisible a los ojos”, por ello este proyecto surge como una reinvención de sí misma al verse marcada por una serie de sucesos en su vida y una transformación de su cuerpo. Durante este periodo la artista destaca su participación en Ingrávida, el primer solo en el que trabaja junto a su hijo, quien es ahora uno de sus músicos.

 

Normalmente trabaja con músicos en vivo pero en esta obra utilizó la partitura de Eurípides y Medea, de la compositora Eleni Karaindrou, cuyos cortes acústicos son acompañados por una impecable iluminación con transiciones que tienden a lo oscuro, lo que resulta en una integración de lenguajes.

 

Durante 20 años de su trayectoria ha trabajado con su agrupación Fábrica Danza Teatro. Actualmente dirige una nueva obra llamada Caprichos cotidianos. Para seguir de cerca la labor de esta artista puede consultarse su proyecto y futuras presentaciones en el Facebook La fábrica Danza-Teatro.